Los árbitros, la cabeza de turco del fútbol.

Las situaciones de violencia en fútbol son, a día de hoy, una preocupación candente en nuestra sociedad. El pasado domingo, en Valencia, un árbitro menor de edad (17 años) fue agredido hasta perder el bazo por un jugador de 27 años que discrepaba de una decisión arbitral (le había expulsado).

Como ya se ha defendido desde esta web en varias ocasiones, el deporte y el fútbol son un medio idóneo para la transmisión de valores, que puede ser aprovechado tanto en positivo como en negativo. Desde la UPAD, creemos imprescindible educar en valores (respeto, compañerismo, humildad, etc.) como medio de prevención de este tipo de situaciones, especialmente en el fútbol base.


Es de dominio público que los árbitros son el chivo expiatorio del fútbol, un medio para canalizar la frustración e impotencia que genera el resultado en contra, la situación adversa y las altas pulsaciones, o que son vistos como ese señor que me impidió ganar, marcar gol, desatarme de euforia… ese señor “malo”, “incompetente” que me “robó”, “atracó”…

No será la primera vez, ni la última, cuando se vea a un futbolista o entrenador de fútbol de reconocimiento mundial en todos los medios de comunicación faltando el respeto a los árbitros o achacando un mal resultado a una decisión arbitral. Analizándolo fríamente, y asumiendo que realmente el árbitro se equivocara, sería una o dos decisiones erróneas frente a todas las que el propio equipo tuvo (fallos en planteamiento, disparos fuera, malas acciones del portero o de los defensas). Parece que los fallos del equipo solo justifican un mal resultado una vez que el árbitro no ha cometido ninguno. En otras palabras, nuestro delantero pudo disparar 5 veces fuera o a los palos, que si el árbitro le anula un gol legal, la culpa de la derrota será percibida como suya y solo suya.

El problema va más allá de ese exceso de responsabilidad  que se atribuye a la figura del árbitro, ya que, para colmo, todas sus decisiones están en constante tela de juicio. Casi todos los programas de futbol tienen unos minutos dedicados a la polémica, donde analizan minuciosamente las situaciones sobre las que un árbitro tiene que tomar una decisión en vivo y en décimas de segundo.

Lo más preocupante es cómo este prototipo de árbitros, y esta guía de comportamientos hacia ellos están tan socialmente aceptados. Pareciera que, por ser árbitros, cualquiera puede insultarles, despreciar su labor o pretender saber hacerlo mejor. No sorprenderemos a nadie si hablamos de aficionados que desde antes de empezar el partido ya están increpando a los árbitros, o que ven los insultos y las críticas a estos como parte del espectáculo, ideas y comportamientos que son impensables hacia casi cualquier otro profesional y que, por desgracia, muchas veces desembocan en tragedia.

Las conductas antideportivas en fútbol están a la orden del día y, siendo un deporte tan masivamente mediático, su influencia se maximiza más allá de todo límite, ya que los medios de comunicación tienen un poder enorme sobre la opinión pública. Se requiere de una asunción de descontextualización y una visión crítica para minimizar la influencia de la prensa escrita y audiovisual en uno mismo y así, en la sociedad. Sin embargo, insistimos en que estas capacidades y valores no vienen “por defecto” en el individuo, sino que deben formar parte de una educación formal para reducir al máximo desenlaces como el del pasado domingo.

Equipo de la UPAD

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